Patrimonio natural

La costa del municipio de La Aldea de San Nicolás se dibuja por una recortada línea costera de 32 km comprendida entre El Andén Verde (municipio de Artenara) y Los Secos (Mogán), y unos acusados y quebradizos perfiles; todo un conjunto de alternantes cantiles con caletas y playas por donde desembocan decenas de barrancos, producidos por el continuado retroceso de la erosión marina a lo largo de más de 14 millones de años sobre la parte geológicamente más antigua de Gran Canaria.

Bajas, caletones y puntas en el mar junto a una tierra montañosa de alzados, planos, bocanas de barrancos en V, estratos volcánicos seccionados por diques (chimeneas), conos volcánicos enterrados que afloran en los cantiles… definen a un espacio costero de lo más impresionante y sugestivo de Canarias y el más natural y didáctico de los libros de vulcanismo y geomorfología.

La Costa Oeste de Gran Canaria

Acantilados de El Andén Verde a La Punta de La Aldea

Está dentro del Parque Natural de Tamadaba y constituye el primer tramo costero de Norte a Sur definido por una línea de crestas montañosas cortadas casi en vertical sobre el mar separadas por degolladas, que son valles decapitados por el retroceso de la costa y por un desplome gigantesco de la isla, que abarca todo el arco costero de Agaete a La Punta de La Aldea. Es una zona rica en pesca y marisqueo, pero peligrosa en su tránsito.
Su amplia panorámica se puede apreciar bien por carretera, desde los miradores de El Andén Verde o El Paso de Marinero (también conocido como Mirador del Balcón), o bien por el sendero que discurre desde El Almacén de El Muelle hasta la Punta de La Aldea.

La Playa de El Puerto y la plataforma hasta La Punta de La Aldea

Es una de las ensenadas más encantadoras de Gran Canaria, completamente virgen, de arena negra, a la que se puede acceder por una senda de montaña, desde El Almacén de El Muelle, o por la misma plataforma marina que parte de El Muelle; siempre con mucha precaución por desprendimientos y zonas resbaladizas.

La Playa de El Puerto fue un puerto natural utilizado por las embarcaciones de vela en tiempos pretéritos, con el nombre de El Puerto de El Perchel (nombre del lugar donde se amarran los barcos). Desde El Puerto parten caminos que suben hasta las degolladas que dan a La Punta de La Aldea, desde donde se puede apreciar en toda su dimensión el arco costero del noroeste de Gran Canaria.

Siguiendo la plataforma de El Puerto a La Punta de La Aldea, se encuentra a pocos metros El Bufadero, nombre dado a un caletón donde el aire comprimido por la presión del agua del mar sale por un agujero con fuerza y ruido descomunal, como si se tratara de un dragón marino.

La Playa de La Aldea

Es la playa principal del municipio, la más humanizada pero que aún mantiene su encanto de un estuario hundido en tiempos geológicos lejanos. Conforma la bocana del valle de La Aldea y de la cuenca hidrográfica de Tejeda-La Aldea, la más extensa de Canarias.

La Playa de La Aldea dispone de diferentes espacios de baño y de zonas (El Muelle, la playa de La Caletilla, la playa de Las Barquillas, Bocabarranco de El Charco, El Roque…). Aparte de ser un núcleo urbano de pescadores dispone de espacios históricos, cada uno con paneles explicativos.

Desde la misma parten diversas líneas de senderos hacia El Puerto, La Punta de La Aldea, El Roque, La Marciega-El Charco y Las Manchas (espacioso humedal de gran importancia por la afluencia de aves migratorias).

Por La Marciega cruza el paralelo 20º 00′ 00″, de larga historia en la navegación marina hacia las Américas empleado por primera vez por Cristóbal Colón en su gran descubrimiento, en 1942.

Acantilados de El Roque-Amurgar-Peñón Bermejo y Guguy

Constituye el siguiente tramo marino, dirección sur desde La Playa de La Aldea hasta la zona de Guguy. Es la línea costera de la Reserva Natural Especial de Güigüi y del gran macizo montañoso del suroeste de Gran Canaria.

Su altura en vertical sobre el mar, las formaciones geológicas en horizontal (coladas de lavas) de variados colores, los diques o farallones (chimeneas volcánicas) y conos volcánicos enterrados, ambos descubiertos por la erosión, conforman otra de las panorámicas marinas más impresionantes de Canarias y quizás del mundo de territorios volcánicos.

Sólo puede observarse desde el mar o desde el camino que desde El Almacén de El Muelle llega a El Puerto (La Aldea).

Playas de Peñón Bermejo a Guguy

Constituyen tres franjas de playas arenosas y vírgenes,ubicadas en las bocanas de los barrancos del Macizo del Suroeste.
Peñón Bermejo toma nombre del color rojizo de sus riscos volcánicos por la oxidación atmosférica y composición ferrosa de las lavas originarias de aquellos primigenios volcánicos.

Guguy es término del antiguo lenguaje indígena canario que significa por analogía con los que aún existen en los territorios africanos de habla bereber que traducido al castellano significa arco montañoso. Este topónimo se repite en otros sitios montañosos del oeste de Gran Canaria. Al transcribirse de la lengua indígena al castellano en el siglo XVIII, erróneamente se hizo como Güigüi y así se pasó a los mapas, pero hoy se intenta recuperar la grafía de Guguy.

Las playas de Peñón Bermejo, Guguy Chico y de Guguy Grande son más espaciosas y de panorámicas espectaculares, como si de un paraíso perdido se tratara. Pero la afluencia de visutantes, a pesar de que sólo de puede acceder por largos senderos desde La Aldea o desde Tasartico o por mar, va restando su encanto de soledad.

El valle de Guguy Grande fue un lugar poblado hasta mediados del siglo XX, e incluso en 1904, la multinacional frutera de Fyffes construyó un almacén de empaquetado de tomates y plátanos que eran embarcados por un cable aéreo hasta los vapores anclados en la playa.

Lugar de encanto, de cuentos y de leyendas tiene como principal episodio El Cuervo de Zamora, relativo a un extraño sonido relacionado con almas en penas y dineros ocultos.

Los Canalizos y El Descojonado

Constituye el tramo costero inaccesible comprendido entre Guguy y Tasartico, que mantiene la estudiada espectacularidad de los acantilados del oeste de Gran Canaria; aquí quizás en su grado superlativo por la cantidad de estratos lávicos horizontales seccionados por una tupida red de canalizos verticales (de ahí el topónimo), las estudiadas chimeneas volcánicas surgidas en la etapa juvenil de la formación geológica de Gran Canaria (-14 a -9 millones de años).

La erosión marina sobre estos acantilados dejan testigos como raques, coletones y otras formaciones curiosas que dan nombre por aquí como Punta de Las Tetas y Punta del Descojonado, el punto más meridional de Gran Canaria, donde comienza el cuadrante marino del Mar de las Calmas de Canarias, en contraposición de los mares del Noroeste, más influenciados por los vientos alisios y la Corriente Fría de Canarias.

La Playa de El Asno o de Tasartico

Constituye la siguiente ensenada tras sobrepasar el Macizo de Guguy. Está en la bocana del barranco de Tasartico y conforma una playa de callados, un mar tranquilo y muy propicio para la pesca. Existe a pocos metros del mar un camping.

En esta playa también se llegó a empaquetar tomates a principios del siglo XX, en una gran oquedad que está en el margen izquierdo de la misma: La Cueva del Dinero, cargada de leyendas.

Acantilados de Tasartico a Tasarte, La Playa de Las Aneas

De Tasartico, dirección sur hacia Tasarte, por el tranquilo Mar de las Calmas, continúan dibujándose los perfiles costeros estudiados de la parte más antigua de Gran Canaria, donde aparecen algunas calas y desembocaduras de barrancos colgados entre la poderosa línea de altos acantilados.

La solitaria e inaccesible Playa de Las Aneas es la de mayor dimensión, mantiene la misma estructura de playas de piedra rodada y el encanto de este mundo perdido de Gran Canaria.

La Playa de Tasarte

Es la siguiente ensenada importante, que constituye una larga playa de callados, humanizada, con un restaurante y algunas casas.

Los materiales volcánicos del ciclo antiguo o etapa de formación juvenil, más ácidos, tienen un color más claro que los vistos hasta ahora, dando un nuevo contraste de color a la costa del municipio.

Esta zona fue de gran desarrollo agrícola (plátanos, tomates, frutales…) por lo que se instalaron varios almacenes de empaquetado, el más antiguo, de principios del siglo XX, es el de la multinacional frutera de Fyffes, que subsiste.

La mar a este nivel sur aparece aún más tranquila y de temperatura ideal para el baño. Está muy concurrida, sobre todo los fines de semana, a la que se llega por una carretera asfaltada.

A pesar de la señalada humanización de este territorio, sus perfiles montañosos siguen manteniendo la singularidad y el encanto estudiado, con el contraste de colores violáceos, rojizos y claros en las cúspides.

La Playa del Ámbar

Encantador lugar situado junto a La Playa de Tasarte, al que se accede en marea vacía por un cuevón abierto.

Es una pequeña franja de callados en la base de un acantilado. Toma nombre porque en pretéritos tiempos solían encontrarse trozos de ámbar de origen animal (cálculos cetáceos).

La Playa de Los Secos

Se trata de la última playa dirección hacia el Sur, en pleno Mar de las Calmas, a la que se accede desde Tasarte o desde Veneguera por una senda, la cual en su centro geográfico, marca el lindero municipal entre La Aldea y Mogán.

Lugares de interés natural

Acantilado del Andén Verde

En el extremo norte del municipio, este impactante acantilado surge debido al gigantesco deslizamiento gravitacional que dio lugar al Arco del Andén Verde, la mordida que corta tajante el noroeste de la isla. Sin lugar a dudas, en cualquiera de sus picos y degolladas nos encontraremos ante una de las panorámicas más impresionantes del Archipiélago.

Un precipicio que despeña al Atlántico y que permite contemplar en su perfil el apasionante nacimiento de la isla. Largos y hermosos diques lo atraviesan en muchas direcciones mostrando escenas inolvidables para la memoria de cualquier geólogo, y una variedad poco común de minerales se ofrecen a la vista.

Especiales son también los estrechos andenes que lo conforman; diversos en materiales y colores permiten dibujar distintos momentos eruptivos de aquel primer episodio fundamental en la historia geológica de la isla.

Los estrechos andenes de este imponente acantilado, permanentemente expuestos a la influencia marina, son el hogar de un amplio catálogo de plantas adaptadas al insistente viento alisio, y a la pobreza y alta salinidad de sus suelos. Esta fortaleza natural se encuentra entre los espacios que, en relación a su superficie, acogen un mayor número de endemismos grancanarios, algunos sólo localizados en sus repisas.

La siempreviva de La Aldea (Limonium benmageci), el corazoncillo (Lotus callis viridis) o el saladillo blanco aldeano (Polycarpaea sp.) son tres plantas que únicamente se han localizado asociadas a los imponentes acantilados del occidente grancanario.

Este acantilado, además, es un santuario para las aves marinas. Supone un espacio de vital importancia para las aves oceánicas que nidifican en la isla. Una de las mayores colonias de pardelas cenicientas del archipiélago canario encuentra en sus andenes el lugar perfecto para reproducirse.

Además, es muy probable la presencia como reproductores del petrel de Bulwer y el paíño europeo, así como de otras especies hasta ahora desconocidas.

Tabaibal de La Punta

Uno de los escenarios más paradisíacos de Gran Canaria es el que encontramos en la Punta de La Aldea. Un suculento matorral, dominado por tabaibas dulces, tapiza las viejas laderas que conforman el extremo occidental de la Isla, y junto a la pequeña cala de El Puertito, los bajíos y los cantiles marinos permiten disfrutar de una estampa idílica.

En este ambiente conviven numerosos arbustos exclusivos de la región macaronésica, las leñas buenas, siemprevivas de la costa, salados, toldas o espinos aportan color y ofrecen refugio y sustento a la fauna local.

Humedal de La Marciega

Esta zona húmeda está entre las más interesantes de Canarias. Ocupa gran parte de la desembocadura del barranco de La Aldea y reúne condiciones que la hacen especialmente atractiva para numerosas aves acuáticas-residentes y migratorias- y multitud de pequeñas aves forestales que encuentran lugar de cría, alimentación y descanso en un extenso bosquete de tarajales.

Se trata de uno de los ambientes más cambiantes del municipio que evoluciona constantemente en función de la presencia del agua. En las estaciones más frescas y húmedas destaca la invernada de distintas especies de garzas, limícolas y anátidas que llegan en busca de mejor clima desde regiones frías. En el periodo seco, los invertebrados y las aves residentes son los principales protagonistas.

Cardonal de Los Hoyetes

Casi lindando con la hoya del Salado, un extenso cardonal tapiza las laderas que desde la cresta del macizo de Tirma-Azaenegue descienden hasta el Barranco Grande. En él destacan viejos ejemplares que llegan a ocupar superficies que superan los 50 metros cuadrados. La espectacularidad de las plantas, sumada a la belleza de las panorámicas que se contemplan de La Caldera hacen de este lugar un espacio mágico.

Un rincón exclusivo donde disfrutar del que posiblemente sea el ecosistema más singular del Archipiélago, el matorral suculento, un peculiar conjunto de plantas crasas con curiosas adaptaciones que pinta un paisaje verdaderamente exótico.

Palmeral de Pino Gordo

A lo largo del barranco de Pino Gordo, que nace en el cortijo de L’inagua y muere en el Barranco Grande, frondosos palmerales que se entremezclan con el pinar visten de verde el cauce y pintan uno de los escenarios más exóticos del oeste.

Al interés florístico de estos bosques se une el de los grandes paredones que encajonan algunos de los tramos del barranco y que suponen el mejor de los refugios para numerosos y raros endemismos rupícolas.

Los riscos de Pino Gordo son el refugio de algunas de las plantas más escasas y amenazadas de Gran Canaria, por ejemplo, el cabezote o el tomillón blanco (Micromeria leucantha), un taxón restringido a puntos muy concretos del oeste.

Almacigal de Artejévez

La Hoya de Artejévez, en las faldas de la montaña de Los Cedros, alberga el mayor bosquete de almácigos que se conserva en el Archipiélago. Este reducto de biodiversidad, buena muestra de bosque termófilo, permite imaginar el paisaje vegetal que dominó gran parte de las hoyas y laderas del Valle antes del proceso de deforestación al que lo sometimos los humanos.

Además, en este frondoso almacigal, es posible disfrutar de esbeltas palmeras canarias, acebuches, guaydiles y de un interesante grupo de plantas con fruto carnoso, en el que se encuentran, por ejemplo, el tasaigo y la yerbamora. En definitiva, una extensa lista de especies exclusivas de Macaronesia, Canarias o Gran Canaria, todas vinculadas a este interesante ecosistema.

Pinar de Inagua

Este pinar es una hermosa muestra de pinar canario, posiblemente la mejor representación de pinar seco que existe en el Archipiélago. Se trata de una masa boscosa en buen estado de conservación con una importancia botánica más que considerable. Tanto el bosque como su entorno próximo dan refugio a una enorme lista de endemismos grancanarios, algunos sólo localizados en este espacio.

De entre todos, destacan por su rareza las jarillas amarillas (Helianthemum bistropogophyllum e inaguae), el único drago de Gran Canaria localizado en el municipio (Dracaena tamaranae) o la siempreviva del pinar (Limonium vigaroense).

El pinar de Inagua es el hogar de la mayoría de aves forestales presentes en la isla, entre ellas, el pinzón azul -joya ornitológica- y el picapinos. Digna de ser resaltada es la variedad y abundancia de invertebrados, por ejemplo, el cigarrón palo, la mariposa sátiro de Canarias (Hyparchia wisii), la teresita (Pseudoyersinia canariensis)o Buprestis berthelotti, entre muchos otros endemismos.

El bosque de pinos de Inagua es la principal área de distribución del pinzón azul en Gran Canaria, un ave rara y escasa descrita para la ciencia a comienzos del pasado siglo, que despierta el interés y la simpatía de multitud de personas a lo largo y ancho del planeta y se ha convertido en atractivo para numerosos ornitólogos que sueñan con disfrutar de su presencia.

Macizo de Guguy

Abrupto, indómito y salvaje. Este conjunto de montañas, barrancos y playas constituye un espacio natural único donde la geología destaca por encima de todo. Una extensa amalgama de formaciones rocosas permiten disfrutar plenamente de un espectáculo que sólo el vulcanismo de esta isla oceánica ha sido capaz de crear.

El abrupto relieve del macizo de Guguy es el ambiente ideal para la mayoría de rapaces que viven en la isla y para el cuervo. Las escarpadas paredes de sus barrancos y acantilados son el hábitat de aguilillas, cernícalos, gavilanes, búhos, lechuzas y, en el pasado, lugar de cría del guincho o águila pescadora, que actualmente solo es visitante esporádico durante la migración.

Los riscos de Guguy también son uno de los últimos relictos en la isla para las pequeñas aves en cierto modo dependientes de ambientes rupícolas, por ejemplo, el gorrión chillón, conocido por los campesinos como risquero, o el camachuelo trompetero, “pájaro moro” para los locales.

Además, en las grietas de estos cortados rocosos se refugian, al menos, dos especies de quirópteros, los murciélagos rabudo y montañero. Y en sus andenes las pardelas cenicientas han establecido algunas de las colonias de cría más numerosas de la isla.

Cañón de Higuera Prieta

Surcando la crestería de Los Molinos, y con su boca orientada al barranco de Tasarte, Higuera Prieta es un hermoso cañón que debemos a la paciencia infinita del agua. Un paisaje sobrecogedor que permite contemplar las cicatrices que el tiempo y la erosión han dejado en la zona más antigua de la isla.

En sus impresionantes riscos se aprecia la fuerza indómita del vulcanismo isleño. Y el cauce, caprichoso y encajonado, convierte este barranco en un refugio inexpugnable para la vida. Ejemplo de ello, una colonia de petrel de Bulwer recientemente descubierta.

Azulejos de Cueva Nueva

Sobre las erosionadas laderas del macizo Tirma-Azaenegue, concretamente en Cueva Nueva, Los Hoyetes o el Sabinal, afloran llamativos azulejos que nos indican los bordes de la legendaria caldera que se origina tras el colapso del Volcán Tejeda. Los intensos colores de estos materiales se deben a las reacciones hidromagmáticas que los alteraron mientras caminaban hacia la superficie.

Estos coloridos estratos, especialmente llamativos en la cabecera del Barranco de Veneguera (Mogán), constituyen una de las estampas más populares de Gran Canaria. Y no es para menos, ya que representaciones tan significativas como las de este sector de la isla no son nada comunes.

Andenes de Tasarte

Al extremo oeste del macizo de Inagua, tras millones de años de desmantelamiento, y como si de una escalera se tratase, la potente tarta de coladas que vomitó el primigenio Volcán de Tejeda se presenta desnuda ante nuestros ojos ofreciendo una estampa difícil de olvidar. Estos andenes se encuentran entre los escenarios naturales más bellos del Archipiélago.

Transitarlos puede convertirse en una de las experiencias más bonitas porque, además de por su propia espectacularidad, estos andenes permiten contemplar una inolvidable panorámica del macizo de Guguy y las Rampas del Suroeste.

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